▶ La Crisis de los años 80, el Requiem del Cómic en Costa Rica.

"Fueron las revistas cómicas más que compañeras de infancia, con su saber arcano puesto en diálogos para nunca olvidar. Muestras dramatúrgicas, señoras de la solidaridad [. . . ]"

Mucho se ha escrito sobre la debacle económica que sufrió este país en la década de los primeros ochentas. Sesudos analistas han contemplado sus consecuencias en economía, política o en el aumento de la pobreza, pero nadie ha hablado del golpe mortal que la crisis asestó a la cultura del cómic.

Antes de los días citados, a nuestro país venían los paquetones de revistas cómicas que llegaban de Colombia, España, Perú, y, principalmente de México, con las páginas gustosas de las editoriales Novaro, Popular, etc. Revistas olían a papel nuevo pero viajado, a misterios que ávidos transitábamos en un ritual que parecía inacabable. 

Los ochentas gateaban aciagos y con malos pasos para los bolsillos ticos y, probablemente porque las importaciones se volvieron "caracísimas", las casas que recibían el revisterío no las trajeron más y vimos cercenada la continuidad de nuestras colecciones. Algunos cómics eruditos, otros iconoclastas, otros simples, se marcharon por el camino del río sin retorno en el que naufragaron Archi y Fantomas, los tres tamaños de Joyas de la Mitología, las combativas biografías de Vidas Ilustres o a las santificadas de Vidas Ejemplares. 

Dijo adiós el revisterío que perimetraba nuestra imaginación, mucho de información, pero sobre todo disfrute. Aquellos folletos en 32 páginas nos abrían un mundo de sorpresas que hasta tuvieron como director a nuestro gran Cardona Peña. Pero ni El Monje Loco, que había logrado triunfar de la muerte, escapó del desplome de la economía costarricense. Jamás su creador, Salvador Carrasco, imaginó una historia tan terrorífica, porque entonces, su personaje habría dicho su famoso "Nadie sabe, nadie supo" atento al cambio del dólar que nos hundía y no a los quebrados marfiles de su órgano desacordado.
Fueron las revistas cómicas más que compañeras de infancia, con su saber arcano puesto en diálogos para nunca olvidar. Maestras dramatúrgicas, señoras de la solidaridad, tiquete a la amistad cuando a la salida del cine Milán de Alajuela las cambiábamos entre una chiquillería sin estamentos sociales ni ganas de tenerlos.

Si le robáramos a Serrat la frase del dónde, dónde fue mi niñez, encontraríamos la respuesta en las revistas que aún quedan en los estantes secretos de nuestras casas, protegidas del moho y del olvido por nuestros cuidados, que evitan que se marchen al cielo del olvido. Y en algunas tardes cuando el niño que llevamos dentro se siente desamparado, no hay Neruda que supere en paliativo a las revistas que todavía nos quedan.

Pero nunca más nos vinieron lunes a lunes y ni la magia de Mandrake salvó a Sal y Pimienta de la partida, ni le devolvió a Tobi Tapia su machista club anti-niñas ni a Lulú su ingenio para ganarle la partida. La Zorra y el Cuervo, de la mano con Memín y Eufrosina, aún caminan por otros países, pero aquí ya ni se acercan, y es claro, porque la Costa Rica donde alguna vez tuvieron hálitos de vida, dejó de existir y los personajes de los cómics jamás pisan el suelo que ha perdido la inocencia.
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